Por: Eduardo Muñoz

Pensamientos……

En muchos ámbitos sociales se habla de formación continua sea en lo educativo, laboral, profesional, etc. Entre nosotros sacerdotes se habla de FORMACIÓN PERMANENTE.

Los Responsables de la formación del Clero en nuestras Diócesis asumen la tarea que esto supone. Se diseñan planes que procuran cumplir las expectativas y necesidades de todos los presbíteros. Cabe notar, que sin duda, satisfacer a todos en sus necesidades particulares es una tarea titánica, sobretodo considerando las diferencias de edades, lugar de ministerio: foraneos o urbanos, experiencias o preparación académicas porsterior.

Se presentan proyectos y programas que van desde los Seminarios para que la formación permanente tenga su continuidad en la vida y ministerio sacerdotales. En los Seminarios la formación se plantea, como es sabido, en cuatro dimensiones: Humana, Espiritual, Académica y Pastoral. Los formadores, en la contemplación de Jesucristo y bajo el conocimiento de las líneas del Magisterio de la Iglesia y las Directrices ofrecidas por el Obispo Ordinario del lugar, llevan a cabo esta tarea en la persona de los seminaristas.

La formación no sólo ha de ser PERMANENTE, sino también INTEGRAL.

El formador desde el Seminario tiene la oportunidad de sembrar en lo profundo del seminarista el gusto y la necesidad de esta formación. Así, pone las bases para un presbiterio abierto y ansioso a mantenerse permanentemente formado. Cuando esto queda arraigado en el seminarista y, esto está ya en el sacerdote que forma, entonces la formación permanente ha llegado a ser parte de su vida, como si se estuviera hablando de un estilo de vivir.

Educar en la formación permanente como estilo de vida, hará no estar atenidos a lo que se ofrece en las estructuras diocesanas. Buscaremos creativamente de manera personal o colegial (grupos de amigos sacerdotes, decanatos, vicarías, etc.) lo prudentemente necesario no sólo en lo académico, sino también el las demás dimensiones. El rezo cotidianos de la liturgia de las horas, la vivencia serena y piadosa de la liturgia que celebramos, la dirección espiritual frecuente que solicitamos, el estudio personal o en equipo, la experiencia de la misericordia del perdón del Señor en el Sacramento de Reconciliación, el contacto con nuestros padres, hermanos o amigos, el deporte y el cuidado de nuestra salud, los espacios culturales que prudentemente buscamos ¿no son acaso expresión de una formación integral permanente? ¿No es esto lo que se espera de cada sacerdote y de cada presbiterio?

Cuando la formación permanente e integral es pues ya un estilo de vida, entonces el seminarista, el sacerdote en el Seminario o en una comunidad parroquial busca, adquiere, se nutre responsablemente en toda su integralidad. No puede quedarse en una pobre crítica de aprobación o desaprobación a lo que se le da.

“Consolidar la propia vocación y elección” en alguien que sabe de su formación siempre abierta al Señor, es tarea de todos los días.